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La Coctelera

La Casita Del Mar

Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.

12 Noviembre 2007

A verlas venir

Llevo doce días mirando la marea moverse. Los doce días que he pasado sin contaros los devenires de esta playa. Y aún no tengo clara cual es la situación en la que nos encontramos mis pequeños compañeros de soledad y yo.

El futuro se acerca a la velocidad de la luz hacia esta costa. Un futuro que habla maravillas de sí mismo, pero sobre el cual sólo tenemos la incertidumbre del misterio.

Se avecinan cambios. Cambios que pueden convertir esta pequeña bahía en una costa llena de luz, de colores, de alegría y de sorpresas, pero que también puede suponer la destrucción de toda su magia.

Las botellas llegan a diario cargadas con mensajes contradictorios. Alguna de ellas ha presagiado incluso la destrucción de mi casita de piedras volcánicas. Otras hablaron de convertirla en una casa más grande.

Finalmente me pudo la incertidumbre y uno de mis conjuros me puso ante el mismo Neptuno. Sí, a tanto me atreví. Y le pedí explicaciones de sus actos y él me prometió paz.

Pero, este Neptuno nuevo, renacido y coronado de la sal marina, puede ser tan sólo un títere a las órdenes de Cronos o incluso de Hades y de ahí la desazón de mis pequeñas criaturas y la mía propia.

Hasta la pequeña sirena anda muda y sumergida en suspiros ahogados, allá en su piedra solitaria. No habla, ni mira, ni ríe ya siquiera. Y eso que los vientos unieron nuestros corazones como jamás sospechamos que lo harían.

Pero el miedo flota en el aire. Porque los cambios siempre despiertan al fantasma de los miedos y luchar contra él es casi siempre una batalla perdida.

¿Será cierta la promesa del Dios del mar? ¿Reinará la paz en este nuevo reino sin tiburones ni ratas? Sólo Cronos tiene esa respuesta y no piensa adelantar un ápice de sus secretos, por mucho que mi hoguera arda entre pócimas y conjuros tratando de adivinar el destino de esta playa.

Aquí seguimos, exploradores, observando el movimiento de las olas, a verlas venir sin más, porque no queda de otra.

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La Casita Del Mar

EL PARAÍSO, España
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Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

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