Flores y esperanza sobre mareas inciertas
La rata murió. Cuando llegué ya no estaba. En su lugar había flores. Flores de mar y el arco iris que sale tras la tormentas. Y el aire olía a sueños y estaba lleno de canciones, de las canciones de esperanza de la sirenita.
Neptuno le ha puesto una piedra. Una piedra que ella a veces ve muy alta y a la que le cuesta trepar. Pero, es suya. Es la piedra en la que merece estar para reposar de tanto esfuerzo.
Al burgado también le han dado un premio, un pequeño agujerito en el que colocarse. Y tampoco le gusta, porque lo ve muy grande y muy negro. Pero no se da cuenta de lo protegido que está dentro de él.
A mí no me han dando nada, sólo muchas pócimas para preparar. Pero, no importa. Porque a mí me gusta preparar estas pócimas y me gusta ver como la playa vibra de vida y de alegría.
Me gusta ver la esperanza flotando en el aire con las mariposas y escuchar las risas, cuánto tiempo hacía que no escuchaba tantas risas.
Estoy cansada, eso sí, muy cansada de agitar el caldero sin parar. Tanto que me duele mucho el hombro. Pero, la sirena me ha prometido hablar con los dioses para que alguien me ayude preparar estos filtros de felicidad y que la playa siga sonriendo.
Sin embargo, hay algo que pesa más que este cansancio con gusto: la incertidumbre. Algo se mueve bajo las aguas. Una botella del tiburón llegó hace días anunciando malos augurios e invitándome a emigrar a su lado.
Al final, los malos siempre intentan parecer los buenos y quieren llevarme con ellos a sus destinos inciertos. Yo devolví al mar aquel mensaje envenenado, pero me quedé con la incógnita del mañana. El miedo de no saber hacia donde se mueven las mareas en las profundidades de este mar inmenso.
La sirena dice que no me preocupe, que mi casita seguirá en su sitio piedra sobre piedra y lo mismo dice el grillo. Pero, hasta ellos tienen miedo, se les nota en esa mirada ausente sobre las olas. Ellos también tratan de adivinar qué pasará mañana. Y ni yo, con mi hoguera mágica, logro estar segura de nuestra suerte.
Sin embargo, una corazonada, de esas de bruja que se sienten muy dentro, me dice que esté tranquila, que no me vaya, que siga agitando con fuerza este caldero mientras me aguanten los huesos. El alma me dice que el mañana llegará con flores y brisa cálida. Esperemos que sea cierto...
Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.


