Las visitas de la reina
Viene por aquí a menudo la Reina de las Sirenas. No sé si ella sabe que yo lo sé, pero lo cierto es que lo descubrí hace tiempo. Viene callada, nos mira y se va sin decir nada.
Lo hace desde el día en que descubrió mis conjuros. Entonces dejó una carta en mi puerta y se fue enfadada. No los entendió o no le gustaron y a mí me dolió su silencio más que sus palabras.
Otro día encontré en su bolso una foto de mi pasado, aquel en el que, cuando ella era mi sirena y yo su bruja, pasaba más tiempo lanzando botellas al mar que fabricando las pócimas que me pedía.
Le sentó mal saberlo. Lo que ella no sabe es lo infeliz que era yo en aquella costa, lo duro que era luchar contra la mafia de aquella playa, lo desmotivante que era mirar sus ojos y descubrir que no se daba cuenta de nada.
Yo se lo dije, se lo dije antes de que el viento se la llevara junto a las pardelas, el delfín, la tortuga y la mafia. Yo le dije por qué lloraban las criaturas. Pero, no me creyó.
Pero, no era su culpa. Ella es una reina-sirena y su realeza le impide entender las miserias de los mortales. Ella es pura y procede de las divinidades, en las que no caben los demonios ni los hechiceros sanguinarios.
Por eso no entendió mis conjuros contra el mal, ni tampoco que un día se apagase mi brillo y se muriese mi magia en la tristeza de la soledad y la incomprensión. No entendió que prefiriese escapar a mundos de ensueño para pasar las horas.
No lo entendió porque las sirenas no conciben la desidia, porque ellas están hechas de materia divina y por eso son sirenas y rigen el ritmo de las olas. Pero, yo soy sólo una bruja y me afectan los cambios de luna.
Ahora ella ya no es mi sirena. Ahora la sirena de mi playa es igualmente mágica, pero más chica, menos reina, más cercana al dolor mortal. Por eso ella sí entiende mis conjuros y sonríe con mis cartas lanzadas al mar.
Sin embargo, aquella otra, aquella sirena-reina, viene y va sin saludar. Lee mis cuentos embotellados y se marcha sin gesticular. Sólo me mira desde la distancia sin dejarme adivinar qué sentimientos se esconden tras su silencio.
Si ella supiera cuanto admiré sus cantos, cuanto me inspiró su risa... Si ella supiese que esta playa nació un día en su bolso...
Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.


