Requiem
Silencio. Dejemos morir estos sentimientos en silencio. Que ni una palabra perturbe su agonía. Dejémoslos morir en paz. Pensemos que es lo mejor, que al fin dejarán de sufrir, que dormirán eternamente en la tranquilidad del vacío.
Nos duele, sí. Como duele cualquier pérdida. Porque aterra dejar de ver, dejar de oír, dejar de sentir estos sentimientos. Porque es amargo aceptar que mueren las caricias, que ese calor nocturno en el vientre, surgido de tus manos acercándome a tu cuerpo, se enfriará en el olvido de aquel sueño.
Sí, es normal que nuestro corazón se aflija al saber que nuestras pieles no volverán a sentirse como una sola, que nuestros ojos no volverán a quedarse atrapados en la mirada del otro, que la electricidad de nuestros besos quedará sepultada bajo la tierra de este adiós.
Pero, llegó la hora y sólo nos queda callar. Sólo queda sentarnos a los pies de la cama a esperar pacientes a que llegue la muerte a llevarse para siempre nuestras sensaciones. Sólo nos queda acompañar resignados a nuestra pasión en sus últimos instantes de vida y esperar que el tiempo convierta los recuerdos que hoy nos atormentan en la memoria dulce de este sueño que nos hizo tan felices por un instante.
Así que, silencio. Sí. Pronto estarán descansando en paz.
Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.




El príncipe de las palabras dijo
Pues nada, bruji, requiem cantim pace. Muertos y enterrados quedan esos sentimientos.
Y para que el olvido acelere su marcha, lo mejor en estos casos es seguir la pauta del viejo adagio que dice que a rey muerto, rey puesto. Suena frívolo, pero no es mal remedio la frivolidad para las heridas que quedan tras las batallas del amor. A fin de cuentas, la única cosa buena que tiene el hecho de que la vida nos dé la espalda, es que así podemos tocarla fácilmente el culo.
Saludos
El príncipe de las palabras
12 Octubre 2007 | 08:30 PM