La bruja que un día creyó ser princesa
Nació princesa. La princesa de un cuento que nunca existió más que en los sueños ingenuos de su madre.
La llenaron de lazos y de canciones de cuna, de muñecas con trajes de seda y anillos coronados con piedrecitas brillantes.
Pero el destino no tiene piedad con los sueños y un día el viento sopló con tal fuerza que sus lazos salieron volando y sus rizos quedaron al aire, enredándose entre las hojas y la tierra de la cruda realidad.
Y entonces dejó de ser princesa y se convirtió en la criada de cenicienta. Y los libros llegaron llenos de cuentos, con risas y burlas en la contraportada.
Y llegaron las noches rotas con gritos y las lágrimas mudas bajo el edredón de la cama.
Y creció cual muñeca rota, haciendo garabatos en los papeles para olvidar. Y siguió pensando que algún día volvería a ser princesa. Y miró al futuro con hambre, creyéndose el cuento del patito feo que se convertiría en cisne.
Pero, un día descubrió que los finales felices sólo existen en los cuentos, que las niñas que nacen princesas también pueden convertirse en brujas.
Y en bruja se convirtió aquella niña. En esta bruja solitaria que escribe conjuros sobre la arena de la playa, que lanza mensajes en botella hacia ninguna parte, que llora escondida entre las profundidades de las cavernas marinas.
La muñeca rota tuvo que pegarse a sí misma con pegamento del fuerte y hoy se esconde en esta cala solitaria para contarle al viento que un día le dijeron que era princesa y la engañaron.
Y hoy mira ausente entre el humo de la hoguera como bailan las ánimas de su pasado y deja que sus lágrimas se mezclen con el sereno y se conviertan en careta de sal sobre su cara. La careta de sal que la ayuda cada día a enfrentarse al mundo sabiendo que jamás fue una verdadera princesa.
Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.




El príncipe de las palabras dijo
Personalmente, siempre me sedujeron más las brujas que las princesas, por más que yo sea un príncipe.
Las brujas me parecen más genuinas que las princesas, además de muchísimo más simpáticas, atrevidas y desvergonzadas. Las princesas, por el contrario, acostumbran a ser mojigatas, cursis y gazmoñas... En suma, que, como su propio nombre indica, las brujas poseen un embrujo del que carecen las princesas.
25 Septiembre 2007 | 03:37