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La Coctelera

La Casita Del Mar

Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.

25 Septiembre 2007

La bruja que un día creyó ser princesa

Nació princesa. La princesa de un cuento que nunca existió más que en los sueños ingenuos de su madre.

La llenaron de lazos y de canciones de cuna, de muñecas con trajes de seda y anillos coronados con piedrecitas brillantes.

Pero el destino no tiene piedad con los sueños y un día el viento sopló con tal fuerza que sus lazos salieron volando y sus rizos quedaron al aire, enredándose entre las hojas y la tierra de la cruda realidad.

Y entonces dejó de ser princesa y se convirtió en la criada de cenicienta. Y los libros llegaron llenos de cuentos, con risas y burlas en la contraportada.

Y llegaron las noches rotas con gritos y las lágrimas mudas bajo el edredón de la cama.

Y creció cual muñeca rota, haciendo garabatos en los papeles para olvidar. Y siguió pensando que algún día volvería a ser princesa. Y miró al futuro con hambre, creyéndose el cuento del patito feo que se convertiría en cisne.

Pero, un día descubrió que los finales felices sólo existen en los cuentos, que las niñas que nacen princesas también pueden convertirse en brujas.

Y en bruja se convirtió aquella niña. En esta bruja solitaria que escribe conjuros sobre la arena de la playa, que lanza mensajes en botella hacia ninguna parte, que llora escondida entre las profundidades de las cavernas marinas.

La muñeca rota tuvo que pegarse a sí misma con pegamento del fuerte y hoy se esconde en esta cala solitaria para contarle al viento que un día le dijeron que era princesa y la engañaron.

Y hoy mira ausente entre el humo de la hoguera como bailan las ánimas de su pasado y deja que sus lágrimas se mezclen con el sereno y se conviertan en careta de sal sobre su cara. La careta de sal que la ayuda cada día a enfrentarse al mundo sabiendo que jamás fue una verdadera princesa.

servido por LA BRUJA 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

El príncipe de las palabras

El príncipe de las palabras dijo

Personalmente, siempre me sedujeron más las brujas que las princesas, por más que yo sea un príncipe.

Las brujas me parecen más genuinas que las princesas, además de muchísimo más simpáticas, atrevidas y desvergonzadas. Las princesas, por el contrario, acostumbran a ser mojigatas, cursis y gazmoñas... En suma, que, como su propio nombre indica, las brujas poseen un embrujo del que carecen las princesas.

25 Septiembre 2007 | 03:37

Armando Manzanedo

Armando Manzanedo dijo

Las madres tienen mucha culpa de estas cosas. La mia no hacía más que repetirme todo el día lo guapo que era. Cuando te lo dicen tanto, y más siendo tu madre, te lo terminas creyendo. Hasta que un buen día me dí cuenta que no era tan guapo como decía mi madre, y, claro, el batacazo fue mayúsculo. Jeje. Amor de madre, eso es todo. Ciao.

26 Septiembre 2007 | 01:58

LA BRUJA DEL MAR

LA BRUJA DEL MAR dijo

Sí, querido Armando, amor de madre, bendito o maldito, amor de madre... En cuanto a tus palabras, querido y fiel príncipe de las palabras, no dudo de la sinceridad de tus palabras. Sin embargo, a pesar del magnetismo que las brujas podamos ejercer sobre los príncipes, de nada nos sirve, pues aunque es de todos conocido que los príncipes en realidad se enamoran de las brujas como yo, con quien acaban casándose es con las princesas. Esas que tu bien calificas como mojigatas, cursis y gazmoñas son, a fin de cuentas, el destino que para sí busca todo hombre, a pesar de que en su fuero interno reconozcan que nada como la mirada de una bruja para hacerles latir el corazón.

26 Septiembre 2007 | 03:04

LA BRUJA DEL MAR

LA BRUJA DEL MAR dijo

Por cierto, Armando, seas o no el compositor, un placer tenerte por estas costas. Bienvenido.

26 Septiembre 2007 | 03:07

el príncipe de las palabras

el príncipe de las palabras dijo

Tú misma lo has dicho, brujita: los príncipes, epicúreos por naturaleza, nos casamos con princesas, pero andamos siempre enamorados de brujas. Nuestras amantes son brujas. Ellas son las que en realidad nos proporcionan la savia de la vida. ¿Y no crees acaso que resulta mucho más pujante la fuerza del amor que la que deriva de un simple contrato matrimonial? Espiritualmente hablando, el príncipe siempre dará mucho más de sí mismo a su bruja amante que a su princesa esposa.

26 Septiembre 2007 | 03:21

LA BRUJA DEL MAR

LA BRUJA DEL MAR dijo

Todo es relativo, querido príncipe. A veces esa fuerza que deriva de un contrato, como bien dices, lleva emparejadas unas atenciones y consideraciones que la bruja, por muy bruja que sea, también añora de su época de niña, aquella en la que soñó ser princesa... La simple, y sin embargo intensa, fuerza del amor es amenudo tan cruel como arrolladora y todo corazón añora, por mucho que lo niegue, de la ternura que proporciona la seguridad de un cariño contractual, a pesar de saber que pronto caería en el astío.

26 Septiembre 2007 | 05:01

Armando Manzanedo

Armando Manzanedo dijo

Gracias Bruja. Solo quería hacer un comentario. Mi primera mujer era una bruja. De las malas. Y no os podéis imaginar lo que es estar casado con una bruja mala. Insufrible. Luego me arrejunté con una buena. Y pensando, pensando, jamás he estado con una princesa. Horror! Tengo que cambiar esta racha. Jeje.

27 Septiembre 2007 | 01:19

LA BRUJA DEL MAR

LA BRUJA DEL MAR dijo

Mira, como Sabina, su primera mujer tb era una bruja "se llamaba, digamos que Maruja", jajaja...
Nada, no cambies de racha, es una esperanza saber que aún existen los que apuestan por las brujas... Aunque quizás tú no seas un príncipe, quizás tan sólo un caballero andante...

27 Septiembre 2007 | 03:23

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La Casita Del Mar

EL PARAÍSO, España
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Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

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