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La Coctelera

La Casita Del Mar

Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.

24 Septiembre 2007

A ti, señora

Debería pedirte perdón, arrodillarme a tus pies y bajar la cabeza ante ti, avergonzada por lo que te estoy haciendo. Debería esconderme en un agujero y no volver a salir jamás para pagar la culpa de estar bebiendo del cáliz de tu vida.

Debería sentirme la mujer más rastrera y despiadada del mundo por estar alimentándome de tu pan, por estar respirando un aire que sólo a ti pertenece.

Mas, sin embargo, no puedo. No puedo más que sentir que el licor que bebo procede de las gotas que caen derramadas de la comisura de tus labios y que yo, cual perro sediento, lamo del suelo a tus pies. No puedo evitar verme recogiendo tras de ti las migajas del pan que tu degustas cada mañana y cada noche como maná del paraíso.

Y en vez de culpabilidad, no siento más que pena. Pena de mí misma por saber que jamás tendré la dicha de sentarme como tú en el confortable sofá del cariño eterno. Envidia de ver como la luz que anhelo para mis noches ilumina tu cuerpo a diario como el aura de la gracia divina.

Y sé que si algún día supieras que yo existí, sentirías que te arrancan el alma. Lo sé y me aterra pensar que ocurriese. Sin embargo, mi existencia es tan insignificante que ni aún despertándose ante ti lograría llenarse de brillo alguno.

No soy nadie. Tú no me conoces y aunque lo hicieras, yo seguiría sin ser nadie. Porque las mujeres como yo no existimos. Porque no hay futuro más allá de la sonrisa de una noche. Porque las caricias se agotan cuando llega el alba y, entonces, tu mirada brilla más que mil estrellas. Y yo desaparezco, como el simple cristal roído por las olas que no centellea más que un segundo cuando al atardecer el sol le presta sus destellos.

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El príncipe de las palabras

El príncipe de las palabras dijo

Curiosos pensamientos. Resultan bellos, pese al amargor del pesimismo que encierran.

Ay, brujita, me temo que esos buenos propósitos de hace unos días, cuando la llegada de los 27 estíos mostró ante ti un mañana promisorio, comienzan ya a desvanecerse, tan sólo unos pocos días después, como volutas de humo en medio de un huracán. No me extraña. Los sueños son al fin y al cabo volutas de humo, siendo la realidad el huracán que se encarga de difuminarlas en la nada.

Quizá debieras dejar de anhelar luz y procurar encontrar consuelo entre las tinieblas. Algunos estamos condenados a vivir en ellas, de manera que hay que intentar sacarlas el máximo partido. A fin de cuentas, cuando la vida sólo nos ofrece limones, lo mejor que podemos hacer es elaborar con ellos una buena limonada.

Por cierto, no creo que tu existencia sea insignificante. Ninguna lo es, menos aún la de quien es capaz de transmitir emociones tan sublimes.

Saludos
El príncipe de las tinieblas, digo, de las palabras

24 Septiembre 2007 | 12:53 PM

LA BRUJA DEL MAR

LA BRUJA DEL MAR dijo

Lo que ocurre, querido principe, es que esta playa a veces se convierte en un andén y sus palabras en trenes cargados de emociones que paran un segundo para dejar escapar a algunos de sus pasajeros. Pero, como en todas las estaciones, es dificil recordar los rostros de los viajeros que pasaron en el tren anterior. Del mismo modo uno se olvida de las emociones que pasaron frente a su cara hace quizás tan sólo unos instantes. Debe ser el sino de quien vive, como tú dices, en las tinieblas... Unas tinieblas a las que es dificil acostumbrarse cuando a uno siempre le han dictado que debía andar hacia la luz. Quizás tengas razón y no quede más que asumir la oscuridad como guía y compañera en este viaje sin retorno por las horas.

Sobre la insignificancia, es algo relativo que varía dependiendo del ángulo de visión que se tome y, sobre todo, del espejo en el que uno se mire.

Un abrazo y gracias, como siempre, por seguir estas epístolas marinas.

24 Septiembre 2007 | 06:36 PM

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La Casita Del Mar

EL PARAÍSO, España
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Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

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