Regreso a las sábanas frías y arrugadas, al tiempo eterno, a las horas mudas. Regreso al abrazo estéril de la almohada, a la caricias imaginarias, al diálogo sin voz.

Regreso temblorosa, con el pavor que infunde la oscuridad, pero en el fondo tranquila, con la paz que da saber que no existe otra opción posible.

Regreso y admito que no debí irme nunca, que jamás debí agarrarme al humo del incienso. Regreso y asumo que en realidad nunca me fui, que en lo más profundo de mi conciencia siempre supe que mis pies no habían cambiado de suelo, que fue tan sólo la fantasía la que voló a un paraíso inventado por los deseos.

Regreso y me convenzo de que es para quedarme. Para quedarme en mi calma sorda, para acostumbrarme a calentar mis noches con estufas, para asumir que no habrá más besos que los robados a las estrellas en noches casuales.

Regreso y asumo que no soy una princesa de un cuento cotidiano, ni los príncipes azules cantan serenatas con violín a la luz tenue de las madrugadas.

Regreso y callo, porque el dolor es sólo un manto bajo cuyo calor acaban durmiendo los mejores cantos.