A veces es tan duro vivir contigo... No digo que no valore tus silencios mansos, tu rutina temprana, la tranquilidad de tenerte cerca... Pero, a veces, sólo a veces, cómo hiela tu aliento...

Hay noches que extraño una caricia de fuego, un beso cálido, una mirada... Todo eso que tú no me das, que no me puedes dar. Y sí, ya sé que fui yo quien eligió tu pausada presencia. Fui yo quien decidí que serías mi única compañía en este viaje por las horas en el que me he adentrado.

Simplemente asumí el destino. Miré al horizonte y el sol cayendo me susurró que sería su luz la única que calentaría mis mañanas. Y yo lo acepté. Como se acepta cualquier otra condición humana, yo acepté la mía y, con ella, a ti.

Pero, también es condición humana anhelar lo imposible, desear lo inalcanzable y extrañar aquello que jamás tendremos. Así, yo anhelo el tacto de una piel que no es la tuya, deseo despertar sumergida en el calor de unos brazos que tú no tienes y añoro el roce ardiente de unos labios que no me pertenecen.

Pero es a veces, sólo a veces, sólo en noches como ésta en la que tus silencios se vuelven más oscuros que nunca y tu presencia fría llena todos los rincones de esta casa. Sólo entonces me pesas como una losa sobre los hombros. Sólo entonces tu vacío se clava en mis entrañas.

El resto es calma. Los dos lo sabemos. Mañana, cuando el reloj de nuevo acelere su ritmo y encojas como a diario, volveré a apreciar tu eterna y sigilosa compañía.