¡Vivo!
Odio ir en autobús. Pero aún más odio ir en autobús sin tener un papel y un boli a mano para escribir. Hay quien se marea si lee o escribe en movimiento. Yo no. De hecho es uno de mis sitios favoritos para hacerlo... No sé si será por mi nerviosismo, por mi incapacidad para estar sin hacer nada; o si será por este vicio mío por contarlo todo, por esta manía por dejar reflejado sobre el papel cuanto siento o pienso...
Hoy me ha pasado, me he visto en el autobús sin papel para escribir. Entonces, a lo lejos, descubrí un ejemplar del 20minutos sobre un asiento. Me levanté y lo cogí, en principio, con intención de leerlo. Al final desistí e, incapaz de controlar mi impulso de escribir, comencé a dibujar estas líneas, que ahora lees, sobre la foto de portada.
Necesito descargar, sí, descargar la
tensión de tantas emociones y pensamientos que fluyen en mi interior. Emociones como este cosquilleo en mi estómago, como estas ganas que siento, después de tanto tiempo de ayuno, de comerme el mundo, de amarlo, de vivirlo, de no parar de sentir... Estas ganas de vivir que siento tras pasar tanto tiempo en un letargo similar a la muerte.
Sí, así me siento, como el herido que despierta de un largo coma
después de que sanen sus heridas. Así he estado, en coma, dormida, sanando, dejando que se cerraran las yagas sangrantes de mi alma, incapaz de moverme por miedo a que se abrieran los débiles puntos que evitaban que me desangrase por ellas.
Pero, el tiempo ha pasado, tres largos años han transcurrido
desde que me postrase a descansar en la cómoda cama de la rutina, tres largos años he pasado comiendo las sopas y los caldos de la tranquilidad y la costumbre, tres largos años en silencio desde que le di al off del reproductor de los sonidos de mi alma...
Hasta que, una mañana, desperté y me di cuenta de que ya no sangraba, de que los puntos se habían desprendido solos, dejando cicatrizadas las heridas, y de que mi cuerpo había logrado acostumbrarse a sobrellevar el dolor de esas lesiones que dejaron daños irreparables en mi alma. Me di cuenta de que echaba de menos la música de mi corazón,
de que tenía hambre de fuego, sed del licor de la vida...
Y me levanté. Y eché a correr. Y salí a la calle a ver el sol, a regalarle al día una sonrisa, a gritarle al mundo que estoy viva, que a pesar de todo sigo viva y que no voy a parar hasta saciar mi hambre y mi sed, hasta que me harte con atracones y excesos de vida, de esta vida que tanto me ha costado recuperar...
¡¡¡¡VIVOOOOOOO!!!!
Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.



Sombra dijo
Si que estás vida, y gracias a tí algunos vivimos mas. Muchas gracias y sigue viviendo.
22 Febrero 2007 | 07:23 PM