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La Coctelera

La Casita Del Mar

Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.

22 Noviembre 2006

Tolete se ha ido

Sí, se ha ido. Creo que ha sido durante la noche. Esta mañana me desperté y ya no estaba. No dejó ninguna nota de despedida ni niguna explicación a su partida. Simplemente ya no estaba. La busqué por todos los rincones de la casa, la llamé desde la puerta por si había salido de caza, pero nada, no apareció. ¿Por qué se habrá ido?

Lo cierto es que llevaba algunos días bastante extraña. Ya no aparecía para asustarme en mitad de la noche sobre mi cama, ni me espiaba colgando en su tela de araña mientras escribía. Se había vuelto muda y hasta había dejado de cazar. Yo creo que se sentía sola. No podía contar con nadie. Yo, por mi insuperable fobia, nunca pude crear lazos afectivos suficientes con ella para que nuestra relación fuera fluida. Mientras, el resto de seres de esta cala escondida le tienen tanto pavor que amenudo se convertía en odio. Estaba sola.

De hecho, esta mañana cuando salí a buscar conchas por la orilla pude darme cuenta de que la playa había cambiado. De repente vi revolotear a las mariposas y caí en la cuenta que que hacía meses que no las veía volar divertidas sobre las rocas. Los delfines estaban saltando eufóricos, pude oir después de mucho tiempo sonar las risas de las gaviotas y las pardelas y, hasta la mismísima reina de la sirenas, que ama y condena por igual a todas las criaturas del mar y sus costas, dejaba que se deslizaran algunas gotas de armonía en su aparentemente triste canto.


¿Cómo me siento yo? No puedo decir que me apene su partida. Lo cierto es que al descubrir que no estaba lancé un suspiro de puro descanso y todos los músculos de mi cuerpo, en tensión constante durante meses, se relajaron al mismo tiempo como un globo hichado al máximo que se desinfla a toda velocidad y cae fláccido sobre el suelo.

Pero, también debo reconocer que no me siento del todo bien conmigo misma. Al fin y al cabo era mi araña y no era una mala araña. Era como le dictaba ser su naturaleza, pero en el fondo no era mala. Quizás debería estar un poco más triste, o al menos un poco preocupada por su paradero y su seguridad. Debe estar sola por ahí, sabe dios dónde, triste y desamparada en un mundo que no conoce. Sin embargo, me angustia más la posibilidad de su regreso que su estado de salud.

Sí, puede volver. De hecho, sus telas de araña siguen colgando por toda mi casa, sus trampas mortíferas siguen activas a la espera de presas y todo está como lo dejó. Y no creo que nadie se atreva a quitarlo de ahí por mucho tiempo. Es posible que vuelva. Al fin y al cabo, esta es su casa, el lugar en el que nació y en el que debería sentirse segura. Quizás sólo quiere pensar, meditar un poco, alejarse para ver las cosas con perspectiva...

¿Y si vuelve?

No debo lanzar las campanas al vuelo, no debo alegrarme de su partida porque el día menos pensando la puedo ver de nuevo aparecer con su aguijón más afilado que nunca.

De momento, seguiré con mi vida, disfrutando de la tranquilidad de su ausencia, pero sin perder de vista la realidad de su posible regreso. Si vuelve, no puedo demostrarle mi fastidio. Eso podría enfurecerla y aún le temo, para qué negarlo.

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La Casita Del Mar

EL PARAÍSO, España
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Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

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