Trató de darse la vuelta para volver a conciliar el incomodo sueño entre los tres pequeños asientos de turista que había logrado ocupar al final del avión. Apoyó la espalda contra la pared del aparato y cerró los ojos con las piernas estiradas bajo la fina manta azul que le había dado la azafata.
Entonces, un respingo. Y luego otro. Y el mundo comenzó a bailar bajo su cuerpo. La señal de alerta para abrocharse los cinturones hizo saltar a más de mitad del pasaje, ya asustado por el vaivén del aparato. Pero ella seguía en calma. Bajó los pies al suelo y abrochó su cinturón mientras las mascarillas de oxígeno saltaban desde el techo aumentando el bullicio y los gritos que comenzaban a convertirse en un eco repetitivo.
Otro salto. Un empujón. Las maletas rodando por el pasillo tras salir despedidas de los compartimentos. Un tirón. Otro salto. Y la velocidad agigantándose por segundos. Su cuerpo, colgando del cinturón recién abrochado, se había quedado tan manso como el de un muñeco de trapo.
Para ella ya no había avión. Ya no había vuelo, ni maletas, ni pasaje, ni cinturón. Ella ya sólo podía ver el rostro dorado y terso de él. Su sonrisa deslumbrante llenando cada rincón de su visión. Sus brazos abiertos ante ella. Cerró los ojos y suspiró profundamente. Al fin, sería libre. Al fin le volvería a ver.
Y mientras el avión se hundía con ella y su futuro en las profundidades del océano, su alma se aferraba con fuerza a aquel abrazo que la recibía manso y cálido en el infinito. Abrió los ojos y allí estaba él. Al fin. Más vivo que nunca, suyo en la muerte que sí dura para siempre. Suyo en las profundidades de la eternidad.
Un nuevo año, un nuevo amanecer y el alma siente como se renueva y muta, y cambia y canta una nueva melodía.
El mar amaneció este año mucho más azul, más lleno de vida y también de temores. Amaneció embravecido, inquieto, anunciando que no serán fáciles los próximos 366 días que durará este año bisiesto.
Pero hay fuerza. Oculta, perezosa, sin ganas de moverse mucho, pero hay fuerza. Fuerza para asumir el mañana y mirar este mar bravío con ánimo de nuevos retos.
Días llevo conjurando. Conjurando un nuevo sueño que naciera renovado junto a la espuma salada de este nuevo año. Y ya está listo. Un sueño de lujuria y desenfreno, un sueño de sensualidad y pasión para colmar de erotismo a las almas hambrientas de amor y sedientas de sexo.
Así que, como regalo para este nuevo año, aquí os dejo su senda, la senda que conduce al reino de Serena Freya, la senda para que os dejéis embrujar por sus suspiros... SShh, ¿los oyes?
El crepitar de la noche calmó su llanto. Un llanto seco de años durmiendo en el silencio del olvido forzado. Su mente entró en torbellino, sumergida en aquel sonido cíclico que la ensordecía procedente de lo más profundo de su cerebro.
Susurros. Eran gritos en susurros. Chillidos susurrados a gritos en su mente. Y no la dejaban pensar.
Tiene que parar. Y abrió el cofre de madera que dormía en su mesa de noche. Y las sacó. Las sacó todas. Las que llevaba años guardando una a una para cuando llegara el día. Para cuando llegara aquel día en que se decidiese al fin a acallar los gritos de su cabeza.
Y se las metió de un puñado en la boca. Y las masticó, sin importarle su sabor amargo. Y se las tragó. Se las tragó sin pensar porque los sonidos de su cabeza no la dejaban pensar.
Y de nuevo se sumergió bajo las sábanas y dejó que las lágrimas saliesen al fin al exterior y mojasen sus mejillas y sus labios.
Y se durmió. Se durmió mientras veía por última vez el fuego de la ira en aquellos ojos. Se durmió y oyó como poco a poco se alejaban los gritos. Sintió como poco a poco se calmaba el dolor de sus heridas. Vio como poco a poco se desvanecía para siempre aquel puño cerrado sobre su cara.
Y se durmió para siempre sin conocer el mundo. Y se murió para poder dormir, cuando aún no había vivido.
Tres años. Han pasado tantas cosas en tres años. Brighton y el Buggies Bagpacked, una casa blanca de muebles viejos en un edificio destartalado, Río Grande, El Porvenir, el Viejo Tito, una pollería de mala muerte... Ha pasado internet, la sonrisa de una sirena, los puntos rojos, Joaquín Sabina, mi segunda vida revolviendo a la primera. Ha pasado el shock, el coma profundo, el despertar lento y sigiloso, el aliento de vida que llenó los pulmones de promesas y sueños. Tres años y ya creía que había empezado a olvidarte, que comenzabas a quedar en un lugar tranquilo de mis recuerdos.
Pero, no, las ánimas no desaparecéis con los años. Las ánimas sólo enmudecen el tiempo justo, el tiempo que transcurre con fuerza en el interior de los vivos, pero permanecen al acecho, pacientes, a la espera de la más mínima flaqueza en nuestros corazones para erguirse ante nosotros y mirarnos a los ojos.
Y entonces nos destrozan, nos fulminan y nos dejan rendidos a la tragedia de no poder recorrer el tiempo marcha atrás para volver a abrazarlos con el alma en la garganta.
Quisiera contarte tantas cosas... Decirte que aún me dueles, que aún te amo, que te amaré siempre... quisiera gritarte que te odio por haberte ido, quisiera escupirte todo mi dolor a la cara por haberme dejado seguir viviendo sin ti... quisiera chillar en el viento que te necesito, que vuelvas, que no vuelvas a marcharte nunca... ¿Y de qué serviría si las ánimas no vuelven aunque quieran hacerlo?
Hoy hace tres años. Tres años sin tu risa, tres años sin la luz de tu mirada, tres años sin esa sensación de eterna fascinación que me producía saber que existías y que el mundo era un lugar mágico gracias a tu presencia en él. Tres años de preguntas sin respuesta, tres años soportando vivir sin ti, tres años de sombras.
Cuántas cosas han pasado en estos tres años, sí... Pero cuántas otras han dejado de pasar por tu ausencia. Cuántos sitios habríamos visitado juntos, cuantas charlas profundas se ha perdido el vacío de la noche, cuántos sueños no se hicieron nunca realidad, cuántas noches he dormido sin el aliento de tus labios recorriendo mi espalda... Cuánto duelen estos tres años sin ti... Cuánto duele la vida sin ti... Cuánto me dueles, Chispita, cuánto... Cuánto duele vivir sin ti.
Te gustaría tanto esto. Te gustaría tanto ver en qué se ha convertido el mundo, saber que ya no hay un mundo sino varios, saber que existe la multiplicidad, saber que los sueños se pueden dibujar a color, ver con tus propios ojos todo aquello en lo que soñabas...
Te gustaría tanto verme hoy. Hoy que el tiempo me ha convertido en lo que tú presagiaste, hoy que la piel comienza a sobrarme y que mis ojos han visto crecer las ciudades. Hoy, que mi mente es capaz de soportar el tiempo y las distancias... Hoy, que tú no estás...
Te gustaría tanto ver hoy el sol. Ver que hay más soles iluminando el mundo que aquel que juntos conocimos, ver que las estrellas se pueden tocar, ver que los muros sólo existen en la mente y que detrás de aquellas montañas que parecían perderse en el cielo, había valles por los que te hubiera encantado caminar...
Como disfrutarías hoy de mi sonrisa, como te haría disfrutar de la tuya. Me gustaría tanto verte hoy. Enseñarte que hay caminos que llevan felizmente a ninguna parte. Mostrarte que la luna no es tan despiadada si aprendes a convivir con ella, contarte cómo cuentan las horas que hay momentos en los que el tiempo no pasa...
Te gustaría tanto saber que estoy, saber dónde estoy, saber que al fin he descubierto el camino por el que caminar, aunque no sepa con certeza a dónde voy.
Te gustaría tanto escuchar la historia de la niña que fui, encontrarte con que el tiempo pintó cicatrices donde había yagas, saber que mis duendecillos, aquellos que saltaban entre flores a la orilla de un río caudaloso, no andaban tan lejos de alcanzar el roble junto al lago en el que querías dormitar con el canto del búho.
Cómo te habría gustado estar aquí, estar aquí para ver que los caminos conducían a tus sueños, que tus sueños se tornarían un día en los míos, que los míos miran hoy a su espalda buscando lo único que les falta para ser completos... buscándote, a sabiendas de que no podrás llegar... Y es que a mis sueños también les gustaría... Nos gustaría tanto estar contigo aquí...
Sé que piensas que soy un caracol, que mi cuerpo es una coraza en la que se oculta mi alma, replegándose en mi interior ante la más mínima desventura y escondiendo mi corazón en lo más profundo de mi concha. Sé que piensas que soy fría por miedo, que le temo tanto al dolor que he decidido apagar el fuego del peligro con kilómetros de gélida distancia. Sé que crees que mi corazón late con fuerza en las profundidades de una roca de duro escepticismo.
Lo que no sabes es que, en realidad, yo no tengo corazón.
No, no sabes que me lo dejé olvidado hace años en la orilla de una costa aislada del mundo y que allí se quedó moribundo, dejándose enterrar por mil tormentas de arena, mirando al horizonte con desesperación, a la espera de que aquel barco regresara del otro lado de ese mar convertido en lago, de ese Tánatos marino, y le devolviera la vida que le había arrebatado.
Y allí debe seguir, sí, mi corazón enterrado bajo dunas de fría arena, asfixiándose día a día, perdiendo la visión de tanto mirar al sol caerse y con los ojos secos de haber derramado hasta la última de sus lágrimas, con la esperanza de que alguna de ellas lograra navegar por las corrientes del océano y llegar hasta ese barquero del destino para gritarle con la furia del viento que le odio, para exigirle que le devuelva la sangre que nos hacía latir, esa que una mañana de agosto decidió arrancarme, llevándosela consigo en el único viaje que zarpa para siempre y sin retorno.
Huele a ti. El aire huele a ti. Lo he dicho mil veces, lo he escrito otras mil. Pero es que sigo oliéndote, sigo respirando el aroma de tu cuello cada vez que me acerco al lugar que esconde nuestros recuerdos.
Dicen que el tiempo convierte en polvo hasta los besos más
intensos. Pero el tiempo se detuvo entre nosotros. Las palabras se quedaron rebotando en un eco eterno entre mi pecho y tu vacío.
Tus ojos siguen brillando cuando me miran. Y aún me miran. Lo hacen desde el otro lado de los espejos, desde los escaparates que nos vieron pasar juntos mil veces. Me miran desde la oscuridad negra y diabólica que reside tras tu ventana, me miran desde cada una de las farolas que soportaron nuestros cuerpos enlazados por los besos.
Tu sonrisa sigue resplandeciendo con la luz de la mañana, sigue iluminando hasta el último rincón oscuro de mi alma, sigue gritándome en susurros que no hay labios que me quemen de pasión y deseo como lo hicieron los tuyos.
Sigues aquí, sigues estando en cada esquina de esta ciudad que hicimos nuestra, en cada cruce de caminos, en cada semáforo en rojo que aprovechaste para buscar con tus dedos la felicidad en mi entrepierna. Sigues aquí.
Sigo alimentándome de tu sabor en cada copa que degustamos juntos, corrompidos por el vicio de amarnos sin medida. Sigues aquí, sigo escuchando tu voz áspera retumbando en cada canción que arropó la pasión desorbitada de nuestras caricias.
Sigues aquí, sí. Te sigo oliendo, te sigo oyendo, te sigo viendo, por mucho que mi mente me jure que ya no estas, que ya nunca volverás. Tú, sigues aquí.
Han vuelto. De nuevo los he sentido: la asfixia, el ahogo, la agonía, la ansiedad.. Aquí están de nuevo. Pensé que habían muerto contigo. Pensaba que se habían quedado hechos trizas sobre el asfalto, hundidos en el parachoques asesino de aquel camión que destrozó mi vida y apagó la tuya. Pensaba, ilusa de mí, que apagada para siempre la luz de tus ojos, se había apagado también el delirio de mis manías.
Pero, no. Hoy he comprobado que no. Hoy he descubierto que no puedo bajar la guardia, ni dejar fisuras en los cierres de mi caparazón, pues aunque difícil, no es imposible que tu olor reaparezca en cualquier momento, con otro rostro, bajo otra piel, pero el mismo, aquel que hace que mi lucidez se nuble y agonice nuevamente mi razón.
Sólo un gesto remotamente similar a los muchos tuyos, un simple destello del brillo de tu mirada, el más mínimo acto que me acerque a tu recuerdo y todo mi mundo se hunde de nuevo contigo. Mis sueños se mueren en el olvido, mi autocontrol se colapsa y desconecta, mi respiración se agita, mi pulso enfurece y siento que el aire me falta, que mi cuerpo no responde y que mis impulsos se imponen indomables por encima de mi voluntad.
Quizás esta vez la realidad logre romper el embrujo, quizás hoy consiga zafarme de la atracción magnética que me arrastra de nuevo hacia el vacío insondable de una pasión insana e insensata. Quizás lo logre o quizás no. Pero, aunque así fuera, aunque este descuido en mis defensas no me lance definitivamente al vacío del dolor y la autodestrucción, ¿cómo sentirme a salvo de ello en adelante? ¿Cómo reforzar las armaduras de mi corazón cuando tu fantasma camina arrastrando sus cadenas de un lado a otro por el castillo de mi mente?
Libérame, por favor. Por mucho que me apasione dejarme morir en tus sueños, por lo mucho que me amaste, te lo pido. Te pido que vueles, que dejes descansar al fin tu alma en el páramo donde yacen los amores muertos, para que así pueda la mía volver a abrir los ojos sin miedo en el universo de los vivos, para que el caracol escondido de mi espíritu se atreva al fin a sacar la cabeza de esta concha sin sentir que el mundo está a punto de aplastarle de nuevo y enviarle sin remedio al infierno de tu eternidad inmaterial.
Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea.
De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro.
En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.