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La Coctelera

Nos mudamos

... Pero todos. El albatros, el lorito, el perenquén... Todos. Nos mudamos de playa, pero no nos vamos lejos. Y lo hacemos por vosotros, para que les cueste menos dejar sus huellas en la playa, para que disfruten más de sus paseos por esta bahía.

Aquí os dejo nuestra senda para que no dejéis de seguirnos en todas nuestras aventuras:

Mujer sin alma

Arrancame el alma. Arráncamela si es necesario para que deje de dolerme de este modo. Arráncamela y llévatela contigo, para que enmudezcan estos gritos que me piden llantos. Llantos en torrente. Llantos que desgarren, que limpien, que arrastren todo el malestar por el desagüe del olvido. Llantos que no llegan desde este pozo seco que es mi alma.

Por eso, arrancame el alma. Arráncamela y llévatela contigo a tu guarida de silencios. Arráncamela y déjala dibujada en tinta mágica sobre el lienzo de tu piel de acero. Para que allí muera de frío. Para que allí se muera congelada y sola, consciente de que no tiene sentido alguno su vida. Pues, ¿de qué sirve un alma que viva y que no sienta? ¿De qué sirve, si vive y siente siempre en la agonía de querer morise?

Así que, arrancala. Quédatela, para ti, te la regalo, para que juegues con ella y la disfrutes como yo no puedo hacerlo. Quédatela y deja tranquilo mi estómago, mi corazón, mi mente, mis ojos sin lágrimas. Quédatela para que no vuelvan a atormentarme tus miradas, ni tus sonrisas, ni tus palabras, ni tus besos a otra en la madrugada. Quédatela y deja que siga siendo la mujer sin alma que un día dibujé sobre tu almohada.

Aquello que te escondo

Qué fácil es dibujar sobre las nubes. Qué fácil es mostrarle a la luna dientes de perla y andares de hojalata. Qué fácil resulta escribir cuentos de bruja sobre las olas y que el mundo entero los lea convencido de que son historia viva. Y, sin embargo, qué difícil resulta ponerle un espejo a nuestra alma.

Hace tanto tiempo que camino con estos zapatos de cartón que se me ha olvidado el tacto que tiene la piel de mis pies debajo de ellos. Y aún así me sorprendo cuando tus ojos pasan sobre mí acostumbrados a ver lo que yo quise mostrarles. Aún así me sorprendo cuando describes con tanta exactitud ese personaje que sólo yo conozco porque fui quién lo inventó.

Porque es mucho más fácil conocer al personaje que a su autor. Porque el autor es un fantasma que se oculta tras los sueños que convierte reales para asombrar al mundo. Un fantasma que se esconde bajo la cama y permanece mudo mientras hayan unos ojos cerca que puedan descubrir su rostro. Una sombra temerosa de que la luz del día pueda convertirla en cenizas.

Porque es más fácil ser Mata-Hari que Santa Teresa de Calcuta. Porque prefiero tu temor a tu desprecio, tu indiferencia a tu lástima. Porque prefiero ser la madrastra a Cenicienta y morir sola que abandonada. Porque los finales felices sólo existen en los cuentos y la vida de cuento sólo tiene el que yo dibujo en mi rostro cada mañana.

Vida maestra

Ayer hizo un año de la mutación. Un año desde que decidí levantar un huracán que arrasase con esta playa para desde los cimientos volver a construir un nuevo mundo en el que poder soñar más y soñar mejor. Y lo conseguí.

Hoy puedo decir que nada fue en vano, que aunque mañana lleguen lluvias y tormentas, aunque algún día todo pueda volverse a llenar de fango, mereció la pena dejarme llevar por los instintos y sacar del alma un grito sordo que hiciera callar a los miedos.

Hoy, un año después, el sol de esta playa brilla y sonríe con más fuerza que nunca. Los cantos están llenos de vida, la arena es más suave y ondulada de lo que nunca soñé, el mar más cristalino y la brisa es tan cálida como salada.

Y bien es cierto que siempre se añora. Bien es cierto que los cambios a veces implican sacrificios que no nos hubiera gustado hacer. Bien es cierto que en el camino hasta este manso resonar de mi pequeña cala solitaria hubo sonrisas que enmudecieron y que se extrañan como nunca.

No hubo jamás conjuro perfecto, aunque mi naturaleza me invite siempre a luchar por alcanzarlo. Pero cada camino recorrido deja siempre en nosotros una lección en cada paso. Porque la vida es en sí una gran lección, una gran maestra que camina sola y que nos guía, si la dejamos, por la senda del auto-conocimiento.

La mía, mi lección de este año, viene llena de felicidades, la lección de mirarme en el espejo de esta agua bella y limpia y, de repente, encontrar mi cara. Y entender que no hay otro camino que el que marca el tiempo en su caprichoso viene y va. Y por fin, por una vez, empezar a vislumbrar mi rostro, sonreír y ver al fin la sonrisa de una bruja… la bruja del mar que siempre quise ser. Y aceptar que hice bien en seguirle los pasos a esta vida.

A veces pasa...

Ella había sido siempre la estrella de la clase. Desde lejos la miraban con envidia y disimulada admiración las que nunca recibieron un piropo. A su alrededor se colaban siempre las que morían por brillar de aquel modo con una sonrisa.

Él siempre fue el favorito de las maestras, el admirado entre los compañeros y el sueño de todas las niñas. A su alrededor se forjó el compañerismo nacido de grandes charlas y mejores fiestas.

Los años los convirtieron en los protagonistas de aquella película de joven rebeldía. Y la poesía de sus libretas se hizo música entre los dedos de él. Y la música los puso en el brete de las sonrisas y los sueños.

En primera fila del escenario siempre estaba ella, junto a un séquito de fieles aspirantes a especiales. Tras el micro del escenario estaba toda la fuerza que desprendían las ansias de él.

Y los años los hizo uno. Y al destino llamaron suerte. Y las mañanas llegaron con magdalenas y mapas que siempre les mostraron el camino por el que andar.

Ayer volví a verles. Ella seguía siendo igual de bella bajo aquellos escasos kilos de más. Él, que parecía haber encogido tras aquel carrito rojo de bebé, se dio la vuelta, y me mostró el rostro de la serenidad que sólo regalan los retos conseguidos.

Y su alrededor se llenó de gente en un instante. Y llovieron besos y sonrisas.

Y yo en silencio, desde una esquina, tuve suspirar y admitir sorprendida que a veces pasa.

El regreso del monstruo

Te conozco. Te conozco perfectamente. Sé a qué huelen tus noches amargas. Sé distinguir tu sigiloso caminar bajo el frío de las sábanas. Reconozco a la perfección el color de tus pupilas sedientas de ánimo.

Y no te voy a dejar. No. No te voy a permitir que de nuevo te apoderes de mi serenidad. No pienso consentir que tus garras sanguinarias hagan preso a mi corazón. No estoy dispuesta a rendirme sin luchar contra tu furia despiadada y tu desalmado caminar. Esta vez estoy preparada. Esta vez tengo pociones de sobra, armas suficientes escondidas bajo la almohada, para decirte que te vayas. Esta vez no voy a dejar siquiera que termines de salir de esa guarida maldita a la que te envié la última vez.

Bien es cierto que entonces contaba con un ejército a mi alrededor para apoyarme en mi lucha contra tu gigantesca destructividad. Es verdad que entonces no luchaba sola. Pero sí aprendí a luchar en aquella compañía. Aprendí que la técnica para que no crezcas como el infernal monstruo que eres, es no dejarte siquiera acercar tu hocico maloliente a mi rostro herido. Aprendí que son el temperamento templado, la racionalidad y la calma las únicas armas capaces de vencerte.

Y sé que conoces mis puntos débiles. Sé que sabes que mi ímpetu arrollador es tu mejor baza contra mis defensas. Sí. Soy un mar. Un mar lleno de corrientes que fluyen sin control posible ni concierto. Y es ahí donde radica tu fuerza, capaz de penetrar hasta las profundidades de mis cavernas marinas a base de colocar muros con los que se estampen mis olas intrépidas.

Pero ya soy consciente de ello. Lo soy más que nunca. Y la luna está lista para apoyar mis conjuros y parar el agua día y noche hasta que desaparezca el olor a ti que ha inundado mis noches. Porque no te quiero, porque te detesto, porque no eres más que un monstruo camuflado de melancólica inspiración que al mínimo descuido de mis desvelos teñirá de negro hasta el último átomo de mi alma.

Sí. Lo sé. De nuevo ha comenzado la guerra. Una guerra que esta vez libraré en solitario contra ti. Frente a frente. Cuerpo a cuerpo. Pero ten por seguro que todos mis años de agonía son suficiente motivo para estar absolutamente segura de mi victoria. Porque mi corazón aún conserva cicatrices y no pienso permitir que los cuchillos de tu incomprensión vuelvan a rozar siquiera su débil estructura.

Esta guerra, odiado ser, sólo puedo ganarla yo.

Herencia de súplicas

Cómo quisiera decirte que los sueños no se hicieron pesadillas aquella noche de verano. Cómo quisiera agarrarme a las arenas del tiempo y que dejaran de sonar las goteras en mi ventana. Pero hace tiempo que las olas se vuelven cada vez más grandes y que el viento de la noche enfría los huesos cuanto más me acerco a la orilla.

Sí. Estoy aquí. Y las nubes me recuerdan que un día las miré rogando esto. Pero yo no sabía que la calma se pagaba con silencios y con tardes de domingo sin abrigo. Yo no sabía que la noche se convierte en gigante cuando uno la mira a los ojos. Ni podía imaginarme que en mitad del vacío podían escucharse las gritos del pasado.

Y sí. Aquí estoy. Con el pelo haciendo ondas sobre este aire marino, mientras el púrpura plomizo de este cielo tan mío se mete por cada uno de los rincones de mi alma para teñir de lila mis pensamientos.

Aquí estoy ahora. Donde aquel fantasma pronosticó un día que me vería, pero sin la melodía de su voz en mis oídos. Conformándome con el repiquetear de sus cadenas sobre las rocas de nuestra playa. Conformándome con vivir lo que pedía, porque el destino me prohibió vivir lo que soñaba.

Y cómo quisiera decirte que los sueños no se hicieron pesadillas aquella noche de verano, pero lo cierto es que el despertar me escupió a la cara la condena de la memoria. Y en la memoria naufragarán por siempre las ansias de mi alma.

Añoranza

Comida para uno. Un plato, un tenedor, un yogur, una cuchara, una cerveza. Y Alanis Morrisette con una mano en el bolsillo y con la otra agitando un cigarrillo con descaro. Y la mente que se escapa por mi ventana y corre hasta la tuya, la de ayer, la que fue de dos. Y tus ojos enormes mirando la lámina en blanco, el carboncillo bailando en trazos de ensoñaciones, y los míos perdidos en musarañas mientras podían haberte estado mirando. Y comida para dos. ¿O era para tres? Dos platos, dos tenedores, una fuente enorme, dos yogures, dos plátanos, dos copitas de vino tinto. Y la siesta acurrucados mientras Triana se enamora de una gitana de ojos negros. Y no pensar demasiado porque el que no sufre no piensa. Y regresa mi mente y se despierta y me mira y se calla, porque es mejor no hablar para no convertir en reales los sentimientos. Ya llegará el mañana a asesinar esta añoranza.